Si en la foto de arriba aciertas a divisar a un perro de blanco pelo algodonado deslizándose grácilmente por el cielo y soplando juguetonamente a las nubes, creo que has llegado al blog adecuado.

El poeta francés Paul Eluard dijo que hay otros mundos pero que están en éste. Yo también creo que en mi propio mundo hay muchos otros mundos. Desde las ventanas abiertas a mi imaginación veo entrelazarse entre sí a los mundos de mi mundo y, a su vez, unirse en frágil e imperfecta armonía con esos otros mundos que en el mundo son.

BLOGS DE JOAQUÍN JOSÉ FERNÁNDEZ DOMÍNGUEZ

sábado, 9 de mayo de 2015

Por una calle estrecha del amor




En este mundo donde cada persona es un mundo me invitaste al tuyo. Te asomaste al umbral para darme la bienvenida. Cuando en mi ademán tus ojos confundieron la pausa con la duda, te desvelaste por hacerme entrar… Ahora te has marchado de mí y aquí me tienes, sin saber qué hacer ni a dónde ir, en un mundo que no es el mío. Deambulando por la evocación de tus sombras, finjo buscar una salida, trazar un destino allí donde más se angosta mi camino.


[Poema en prosa inspirado por una fotografía tomada durante mi paseo por la calle Farnesio, en el barrio de Santa Cruz de Sevilla, en la mañana del 27 de marzo de 2015]

domingo, 3 de mayo de 2015

Epitafio para un bar de San Bernardo




Cuando otro miércoles de abril transites por el viejo puente aferrado a luciérnagas de cera, acuérdate de mí. Donde dicen que habita el olvido… allí seré la memoria de las sombras chinescas que el crepúsculo improvisara sobre la pared cuando procesioné por el alféizar de tu ventana… allí seré el sentimiento de fin de época que el artista callejero acertó a tatuar precipitadamente sobre los rescoldos de mi piel.

[Poema en prosa inspirado por una fotografía tomada durante mi paseo por el barrio de San Bernardo de Sevilla, en la gélida mañana  del 29 de diciembre de 2014]

miércoles, 11 de febrero de 2015

Anagnórisis de la uralita y el limonero




Dispongámonos pues a deambular, y sea el propio deambular de nuestro trayecto estación términi. Aun con precario aplomo, incursionemos en la ciudad por defecto y censemos esas otras ciudades que a compás troquelan su polimórfica estructura celular. Por la bisectriz de lo estable y lo fortuito, la dinámica de los pasos perdidos nos transportará hasta el umbral de lo microurbano; allí donde la empatía de la anacronía y el destierro se escribe con inédita sintaxis sobre renglones poligonales. Cuando seamos de nuevo niños, nos reconoceremos en la memoria de una efímera arquitectura de uralita donde una vez brotara el limonero.


[Poema en prosa inspirado por una fotografía tomada durante mi paseo por las calles interiores del Polígono San Pablo de Sevilla, en la fría pero soleada mañana del 2 de enero de 2015]

lunes, 2 de febrero de 2015

Visión ambulante de naranjo y palmera




Serenidad prosaica del naranjo al ras, entreverada por el lírico escorzo de la palmera en las alturas. Luminarias del caminante meridional. Deriva del transeúnte de intramuros. Elevación diáfana de la mirada.  Superación y trascendencia de la visión urbana. Afán del tacto mesetario aún sobre las mejillas. Tesón del que itinera sin premeditación por la hora primera.


[Poema en prosa inspirado por una fotografía tomada durante mi paseo por los Jardines de Murillo de Sevilla, en la gélida mañana del 29 de diciembre de 2014]

domingo, 10 de noviembre de 2013

Filosofía insular de Defoe: Antojo y contingencia de lo humano




A la caída de la tarde de noviembre, vuelvo la mirada hacia el frondoso palmeral que crece sobre el lomo de un preciado ejemplar de las “Aventuras de Robinson Crusoe” de Daniel Defoe; sus páginas parecen haber querido envejecer sintonizando justo la misma frecuencia cromática de las hojas de los árboles que, a contracorriente, se afanan por otoñar en el remedo primaveral que se asoma a mi ventana. En la Introducción General del libro, Carmen Bravo Villasante nos recuerda que “en todo ser humano hay un secreto anhelo de estar en una isla desierta (…) La isla evoca la lejanía, la evasión de la sociedad civilizada y de sus trabas, representa la total libertad. Es el ideal de la huida, el sueño utópico frente al cansancio de la sociedad con sus cargas insoportables. La isla desierta es la posibilidad de un total aislamiento” (pág. 11).

Como un efímero y antojadizo robinsón, con la frágil firmeza del que cree bastarse a sí mismo, siquiera por un instante, me anclo al espejismo, a la utopía, al anhelo secretamente abrigado, y presto mis oídos, abiertos de par en par, al canto resignadamente lúcido del filósofo de la insularidad:

“¡Cuán caprichosa es la vida humana y cómo nuestras pasiones varían con las circunstancias! Hoy queremos lo que mañana odiamos, huimos al día siguiente de lo que buscábamos ayer con avidez, deseando en este momento un objeto del cual quizá mañana no queramos acordarnos. ¿No era yo entonces un triste y vivo ejemplo de esta verdad; yo, cuya sola aflicción era el estar perdido detrás del inmenso Océano, privado de la sociedad de los hombres, sin amigos y condenado a lo que yo llamaba una vida contemplativa; yo, que me miraba como un ser que el cielo no había juzgado digno de contar entre los vivientes; yo, a quien la sola vista de uno de mis semejantes debía ser como una resurrección para mí y la más grande bendición que Dios pudiese concederme después de la salud eterna? La idea sola de ver a un hombre me hacía temblar y estaba pronto a esconderme en lo más recóndito de la tierra, al aspecto de aquella sombra, de aquella prueba muda de la huella de un hombre en la isla. ¡Tales son las vicisitudes de la vida humana, recurso fecundo de curiosas reflexiones!”

[Daniel Defoe. “Aventuras de Robinson Crusoe”. Edición de Carmen Bravo Villasante. Madrid: Editorial Legasa. Colección Clásicos de Aventuras. 1980. Pág. 159]


            

martes, 23 de julio de 2013

De la mentira, el ocio y el ciudadano integrado: Releyendo a Riccardo Campa





Releyendo estas noches estivales de inminencia vacacional al filósofo italiano Riccardo Campa, algunos de los fragmentos de su obra de 1980 “Las nuevas herejías” (Madrid: Ediciones  Istmo. Biblioteca de Estudios Críticos) siguen reverberando poderosos en mi mente, una vez cerradas las páginas del libro y en el difuso preámbulo del sueño, con el inusitado y desasosegante eco del aquí y ahora:


1. DE LA MENTIRA.

“La mentira, entendida como expediente del poder para inducir a las masas conquistadas con la actividad productiva a que defiendan el sistema de los ataques exteriores de los excluidos y de los desheredados, se configura como propaganda ideológica. La manipulación de los datos de la experiencia, de las realizaciones alcanzadas en algunos sectores de la vida asociada, tiene el objeto de dividir la comunidad, que se halla obligada a un pacto por aquella parte de ella misma que se libra de los beneficios y, por lo tanto, a las obligaciones del sistema de la producción. La histeria colectiva que provoca el sistema productivo implica, con períodos recurrentes, la indicción de verdaderas cruzadas ideológicas: la búsqueda de lo diverso, de lo extraño, se transforma en lucha contra el enemigo. Y puesto que cada uno de los que se adhieren a pacto social puede dejar de cumplir con sus compromisos, puede verse tentado a traicionar, el fantasma de la disolución está representado por los millones de espías potenciales que constituyen el conjunto civil y político de un pueblo”.

[Capítulo VII. La memoria y el olvido (págs. 140-141)]


2. DEL OCIO.

“La amplitud del tiempo libre de la cual se aspira a disponer en la sociedad contemporánea (…) contrasta con las condiciones de precariedad económica en las cuales se halla la mayor parte de la población del planeta. (…) Mientras en el siglo pasado la preocupación del hombre es la de inserirse en las estructuras operativas de los distintos sistemas políticos y anularse en el “éxito” determinativo del producto, en el mundo moderno, aun salvando e incluso reforzando tal derecho, éste aspira a administrar aquella parte de tiempo no comprometido en el ritmo productivo para sondear en el área de sus posibilidades de conocimiento. (…) El tiempo del ocio es el tiempo de las opciones, de las alternativas, de las inclinaciones. La pasión por algo no es sino  la elección de una idea respecto a otras que podrían prohibirle una existencia más intensa y prolongada en la cotidianidad. He ahí por qué el tiempo libre fluctúa entre la reacción y la anarquía: por una parte, en él se hace inmanente la crítica por lo adquisitivo, por lo “standard” consolidado por el principio del bienestar entendido  como un veredicto autoritario que es imposible desatender; por otra, él se identifica en un edicto individual, con un procedimiento arriesgado que propone nuevamente no el entendimiento, la legitimidad de las relaciones intersubjetivas para el logro de una meta social, sino la discrasia, la asistematicidad conceptual fuera de los ordenamientos políticos que garantizan la concordia y el bienestar”.

[Capítulo I. El ocio y la reflexión disgregada (págs. 17-18)]


3. DEL CIUDADANO INTEGRADO.

“El “hombre integral”, reconciliado con el ambiente, es un producto ideológico, un prototipo de atracción para las fuerzas latentes del ciudadano integrado que se agita en la sociedad homogeneizadora y desacralizada. El alto nivel de movilización y de especialización impone, además, la elaboración de un acondicionamiento psíquico que tienda a la conciliación del explotado con el explotador y a la identificación del débil con el agresor. La “personalidad integral” podría existir en casos excepcionales, pero en calidad de ser planificado puede representar sólo algo que se confunde con la propaganda que con él se hace. Para la sociedad actual, lo mismo que para todas las sociedades anteriores, cuanto más fuerte es la coacción hacia un conformismo listo a renegar ciertos aspectos de la realidad, tanto más el dolor (por ejemplo, el aislamiento del individuo como hereje, como enemigo) inevitablemente está ligado a la anulación de la remoción psicológica. Esta conexión, sin embargo, sirve a los objetivos de los déspotas, pues los hombres, sin una idea meditada de la meta final evitan dolorosas confrontaciones con ellos mismos, y siguen viviendo tranquilamente con falsa conciencia”.

[Capítulo X. La existencia diferida (pág. 206)] 

viernes, 29 de marzo de 2013

Imagen de Rafael Alberti en el Viernes Santo de Sevilla


                            Rafael Alberti fotografiado en el Aeropuerto de Barajas
                            el 27 de abril de 1977, fecha de su regreso del exilio
                            tras la Guerra Civil



                               Procesión del Cachorro a su paso por el Puente
                               de Triana en el Viernes Santo sevillano


En un Viernes Santo huérfano de desfiles procesionales, envuelto en la bruma y la llovizna, recupero un fragmento de una lectura que realicé el pasado mes de diciembre. En él, Jacobo Cortines, profesor titular jubilado del Departamento de Literatura Española de la Universidad de Sevilla, poeta y ensayista, entre otras ocupaciones, rememora el Viernes Santo de finales de los años 70 (Rafael Alberti retornó a España en 1977, después de un exilio de casi 40 años) en el que tuvo la oportunidad de conocer en persona al ilustre poeta gaditano de la Generación del 27,  mientras ambos presenciaban en el barrio de Triana el paso en procesión de uno de las figuras icónicas más representativas de la Semana Santa de Sevilla, el Cristo de la Expiración, conocido popularmente como “El Cachorro”:


“La imagen primera que tengo de Rafael Alberti fue la de su retorno, cuando un amigo me lo presentó en el Altozano viendo pasar al Cachorro. No crucé otras palabras con él que las de la estricta cortesía. ¿A cuántos le habrían presentado esa misma noche? ¿Qué le iba a decir? ¿Que le admiraba desde mis tiempos de estudiante? ¿Que había leído su “Marinero en tierra” con entusiasmo; “Sobre los ángeles”, con pasión; “A la pintura”, con fervor? Todo aquello sobraba. Tras despedirme, me quedé mirándolo entre la multitud, de la que se destacaba por su profusa melena blanca que le daba un aire de juvenil patriarca. Él estaba allí mezclado con el pueblo, como un poeta en la calle. Su imagen era muy distinta de aquellas que aparecían en los manuales de literatura, en las solapas de sus libros, en los estudios de la Generación con sus míticos compañeros. Había envejecido y engordado, pero su mirada conservaba la viveza de antaño”.

[Jacobo Cortines. “Imágenes de Rafael Alberti”. En el libro “Nuevas Separatas de Literatura, Arte y Música”. 2012]



                            Manuscrito de un poema del libro de Rafael Alberti "A la pintura" 
                              [Fuente: Página web oficial del poeta, www.rafaelalberti.es]










jueves, 28 de marzo de 2013

Inishmore y Capri, islas en el tiempo cósmico


                                      Acantilados de Dún Aengus, en Inishmore
                                      (Islas Arán, Irlanda)


                                     Fotograma del documental "Hombres de Arán",
                                     realizado por Robert Flaherty en 1934


                                         Los Farallones de Capri (Italia)


“Oh Innisfree, isla mía, vuelvo a ti desde los años pasados en el gélido mar…”

“De nuevo están al aire libre (…) rodeados de restos de eternidad y del destino”

[Joseph McBride y Michael Wilmington. “Irlanda. El Hombre Tranquilo y The Rising of the Moon”. Capítulo 6 del libro “John Ford”. 1996]


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Allá por mediados de un ya lejano mes de enero, crucé longitudinalmente una nevada y silente isla de Irlanda en un autobús de pasajeros que cubría la línea Dublín-Galway, haciendo escala en desperdigadas poblaciones que parecían retener aún mucho del pintoresco atractivo de la tranquilidad fordiana. Llegado a mi destino, un algo destartalado microbús me condujo hasta un coqueto embarcadero, en algún lugar de la Bahía de Galway, donde tomé un pequeño ferry. Tras una hora de travesía y con los sentidos aguzados por la brusca caricia de gélidos aires marinos, divisé entre un velo de bruma el difuminado contorno de Inishmore, la mayor de las tres islas que componen el archipiélago de Arán. Tras tomar tierra, emprendí un largo trayecto a pie rumbo a Dún Aengus, uno de los principales atractivos del lugar, durante el cual recorrí extensos campos parcelados con ancestrales muros de piedras, que se apilaban en el perfecto equilibrio procurado por la inmemorial argamasa de los tiempos. Al topar con uno de los finales- o principios, según se mire- de la verde y pétrea isla, se desplegó ante mis ojos en todo su esplendor un conjunto de descomunales acantilados. La singular formación de rocosos taludes brindaba al caminante que hasta allí se aventuraba espectaculares vistas sobre un Atlántico que entreveraba de turquesa y esmeralda el incesante tesón de sus bravías aguas. Asomado a aquella sobrecogedora balconada natural, cuyos inciertos límites parecían querer prefigurar en la mente del espectador el vocablo “América”, y en la firme y secreta convicción de estar siendo escrutado a la vez por todos los siglos transcurridos desde la Edad de Bronce, experimenté el vértigo que trae consigo la contemplación de la belleza primordial cobijada en lo inefable. El adusto silencio que lo envolvía todo sonaba a incesante romper de olas, las olas del mismo mar contra el que a diario pleitearan tiempo ha en sus precarias embarcaciones los míticos “Hombres de Arán” de Robert Flaherty. Arqueología del sentimiento, no-tiempo, eternidad, tiempo cósmico: seamos aquí profundamente compasivos con la futilidad de las palabras, sencillamente incapaces de expresar aquello que desborda e inutiliza los torpes rudimentos con los que el hombre cree medir el tiempo en el vano afán de demostrar su existencia. 
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“Otro de los conceptos relacionados con el tiempo que creemos entender es el “paso” del mismo. Es obvio que el tiempo es un concepto unidimensional: podemos relacionarlo con un pasado, con un presente y con un futuro. En consecuencia, pudiera parecer que se asemeja a un río infinito que fluye eternamente –el “río del tiempo”-. Pero los físicos no ven las cosas de ese modo; señalan que no podemos medir el paso del tiempo. Los relojes no miden este paso; sólo miden intervalos de tiempo. Nosotros asignamos a estos intervalos unos números, (…) pero un reloj no nos dice con qué velocidad “cruzamos” los diversos intervalos de tiempo. (…) Un reloj es incapaz de cumplir semejante función”.

[Barry Parker. "El sueño de Einstein". 1994]


“En el presente psicológico hay dos factores que no son necesarios en la definición del tiempo físico: la memoria y la consciencia. Tanto uno como otro pertenecen a un tiempo propio de cada mente individual. Sólo tiene sentido dentro de un contexto humano, en una realidad “viva”, es decir, en una duración. El presente psicológico tiene muy poco que ver con la inmensa extensión del tiempo cósmico, que se mide por cantidades inconcebibles para nuestra consciencia, un tiempo billonario cuya medida nos da igual que se defina como finita o infinita. No es posible, psicológicamente, relacionar la realidad de cada día individual comparándola con otras realidades inertes, objetivas, pero desprovistas de proporción humana”.

[Manuel Criado del Val. "La imagen del tiempo: verbo y relatividad". 1992]


“Reemprendo la marcha y poco tiempo después la senda da un giro de ballesta y me encuentro con los farallones. Allí, abajo, en medio de un mar de lapislázuli. Cambio de rumbo y tomo el camino que desemboca en una larga y prolongada escalera de piedra que lleva a una cala. Yo me quedo a mitad del mismo, en un pequeño mirador protegido por troncos mal clavados. Está al borde de un despeñadero. Me apoyo confiado sobre la madera y contemplo los dos imponentes farallones, el del medio y el del mar adentro (…) Pocos balcones habrá en el mundo como éste. En pocos museos habrá una pieza paisajística semejante, ni siquiera las maravillosas rocas de Andrea Mantegna. Aquí observo la naturaleza prisionera de su propia melancolía. Miles de años encadenada a su belleza y eternidad (…) Mi vida se apoya en estos dos peñascos que han sido lamidos por la historia sin que en ella hayan participado. Quizás, por este motivo, permanecen tal cual surgieron de la creación o de lo que se le asemeje. Desde mi observatorio sereno, miro pasar los veleros que dejan blancas estelas  (…) Es este viento huidizo, son esos pájaros planeando desde los escarpados nidos, es esta atávica indolencia del tiempo detenido”.

[César Antonio Molina. “El añil de Capri”. En el libro “Donde la eternidad envejece”. 2012]


Vídeo de presentación del documental “How the Myth was Made: A Study of Robert Flaherty’s Man of Aran”, realizado en 1978 por George C. Stoney, James Brown y Paul Barnes.








martes, 26 de marzo de 2013

Tú mirarás por la noche las estrellas: De la fugacidad y la inmovilidad

                                       [Mac -interpretado por Peter Riegert- contempla
                                       la estrellada noche escocesa en "Un tipo genial"
                                       ("Local Hero". Bill Forsyth, 1983]




Una estrella transita subrepticiamente por una ínfima porción de oscuridad celeste. Un instante fugitivo y decisivo. Atrapar al vuelo una oportunidad única de movernos hacia el futuro sobre las alas del íntimo anhelo o la secreta aspiración. El retablo astral fija una vez más sus posiciones ante nuestra devota mirada. En el nocturno estival una miríada de minúsculas estrellas vuelve a entonar la callada oda a la inmovilidad. Con las llaves de la ilusión abriremos los pequeños cofres lumínicos donde en tiempos pretéritos guardamos celosamente valiosos lingotes de emoción.

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“Sólo recuerdo la emoción de las cosas,
y se me olvida todo lo demás”.

[Antonio Machado]



“En última instancia, la inmovilidad puede producir un “movimiento” de la emoción o del intelecto que no está disponible en la imagen en movimiento”.

[Eivind Røssaak. “The Still/Moving Field: An Introduction”. En Røssaak, E. (2011) Between Stillness and Motion: Film, Photography, Algorithms]



“-Tú mirarás por la noche las estrellas; pero yo no puedo mostrarte dónde está la mía porque es muy pequeña. Pero es mejor así. Mi estrella será para ti una estrella cualquiera. Por lo tanto, te agradará contemplar todas las estrellas; todas ellas serán tus amigas. Además, te voy a hacer un regalo…
Y volvió a reír.
-¡Ah!, pequeño, ¡cómo me gusta oír tu risa!
-Precisamente mi risa será el regalo…
-Será igual que el agua.
-¿Qué quieres decir?
-Las gentes tienen estrellas diferentes. Para algunos, los que viajan, las estrellas son sus guías. Para otros, no son otra cosa que pequeñas lucecitas. Para otros, los sabios, son problemas. Para mi hombre de negocios, eran oro. Pero ninguna de esas estrellas habla. Tú, sin embargo, tendrás estrellas como nadie las ha tenido.
-¿Qué me quieres decir?
-Cuando por la noche mires al cielo, estaré en una de esas estrellas; y como yo reiré, te parecerá que todas las estrellas ríen para ti. ¡Tú tendrás estrellas que saben reír! (…) Tú serás siempre mi amigo. Tendrás ganas de reír conmigo. Y a veces abrirás tu ventana por ese placer… Y tus amigos se sorprenderán al verte reír mirando hacia el cielo. Entonces tú les dirás: “¡Sí, las estrellas siempre me hacen reír!”

[Antoine de Saint-Exupéry. “El Principito”, capítulo XXVI]



“[Brendan O’Malley] –Quiero que contemples una cosa que no volverás a ver aunque vivas cien años. Mira. El Fuego de San Telmo. Sólo lo había visto en alta mar.
[Belle Breckenridge] –Yo no lo había visto nunca. ¿Qué es?
“[Brendan O’Malley] –Pues, una estrella al caerse se rompe y esparce su brillo por todas partes.

[Diálogo entre Kirk Douglas (Brendan O’Malley) y Dorothy Malone (Belle Breckenridge) en la película “El último atardecer” (“The Last Sunset". Robert Aldridge, 1961), un western que contiene maravillosas escenas plenas de lírica nocturnidad.]




jueves, 26 de julio de 2012

Tereshkova en Sevilla, o la cosmogonía de una pared de bar




“Esto es, más o menos, lo que el hombre de nuestros días sigue siendo capaz de percibir de un modo directo: un trozo de tierra plana; sobre su cabeza, naturalmente, el cielo con pequeños objetos luminosos que brillan sobre él (…) ¿En virtud de qué proceso del raciocinio fueron disipándose en una lejanía cada vez más remota los estrechos límites visibles para el ojo humano, hasta el punto de que no hay ya mente capaz de concebir el tamaño de este Universo al que nos estamos refiriendo ahora, ni siquiera de imaginar la tremenda insignificancia de nuestro entorno físico al lado de él?”

[Isaac Asimov. “El Universo”. 1984]


“Y dentro del universo histórico (el único que, en cualquier sentido significativo, puede ser siempre el universo de libertad y realización), existen divisiones y fronteras que son reales y continuarán existiendo, incluso con el advenimiento de la libertad y la realización, porque todo placer, toda felicidad y humanidad se originan y viven en estas divisiones y fronteras”.

[Herbert Marcuse. “Amor mistificado: Juicio crítico de Norman O. Brow”. 1967]


“Los soviéticos han puesto en órbita a uno de sus cosmonautas, un joven piloto llamado Gagarin, adelantándose así a nuestros propios planes para enviar un hombre al espacio. Nuestro prestigio como nación ha recibido un contundente golpe simbólico, puesto que es probable que los cortos de entendederas del mundo se convenzan de que el sistema comunista puede reportar logros superiores a los nuestros, y que los cortos de entendederas de nuestro propio país, siempre un grupo a quien se puede apelar con éxito en tiempos de crisis, acaben por creer en la inferioridad de nuestros misiles nucleares. (…) El nuevo Presidente se enfrenta al peor de los ridículos ya que, mientras un astronauta soviético ha completado su vuelo alrededor de la órbita de nuestro planeta, nosotros hemos tenido que arreglárnoslas con chimpancés”.

[Jed Mercurio. “American Adulterer”. 2009. Mi traducción]



Que prácticamente cualquier bar de nuestro país constituye en sí un auténtico universo –delimitado por sus muros, puertas y ventanas y regido por idiosincrásicas leyes– es algo fácil de constatar mediante una simple observación superficial de su atmósfera. Por esta razón, el estudio del origen de sus rasgos característicos así como de su conducta evolutiva –es decir, la cosmogonía del bar– se presenta ante nosotros como una ciencia apasionante y compleja a partes iguales. Precisamente en una aplicación a pequeña escala de dicha ciencia me encuentro inmerso de un tiempo a esta parte: en el estudio de la cosmogonía de la pared de un bar de Sevilla. Nunca he cruzado las fronteras de dicho universo, nunca he puesto mis pies en su interior pero, sin embargo, he pasado caminando tres o cuatro veces junto a una de sus puertas, lo que me ha permitido llevar a cabo una exploración visual de la constelación de cuerpos celestes más asombrosa que creo que se pueda encontrar en una de las paredes de un bar andaluz. Donde, en condiciones normales esperaríamos hallar imágenes tópicas de lugares señeros de la ciudad, de vírgenes y santos, de toreros, futbolistas o artistas del flamenco, en el caso específico del Valentín’s Coffee, sito en la Avda. Emilio Lemos de la ciudad de Sevilla, nos topamos con una prodigiosa pared de la que cuelgan fotografías, de gran calidad y perfectamente enmarcadas, de una pléyade de destacados personajes de la cultura mundial –en su sentido más amplio– de ayer, hoy y siempre: Schopenhauer, Marcuse, Foucault, Derrida, Cioran, Woody Allen, Montgomery Clift, Houdini, Camus, Oscar Wilde, Dostoievski, y así hasta completar un todavía largo etcétera. Para concluir, me detendré por un momento en la observación del astro que más me cautiva de todos aquellos que integran la curiosa configuración estelar del Valentín’s Coffee: Valentina Tereshkova. Nacida en 1937 en la ciudad rusa de Malesnnikovo, Tereshkova se convirtió en el año 1963, y a bordo de la nave Vostok 6, en la primera mujer que viajó como cosmonauta al espacio, mérito éste que le valió ser reconocida oficialmente como “Héroe de la Unión Soviética”. Su posterior designación en 1968 como Presidenta del Comité de Mujeres Soviéticas sería lo que, varios años después, propiciaría la histórica fotografía con la que ilustro la presente entrada, y que constituye una prueba fehaciente de las curiosas asociaciones que, quizá por el azar o la necesidad, se producen a veces por debajo de la bóveda celeste: en el mes de agosto del año 1973, en Berlín, por entonces Alemania del Este, con motivo de la celebración del 10º Festival Mundial de la Juventud, coinciden, hombro con hombro, dos poderosos iconos para muchas mujeres y jóvenes del momento: la rusa Valentina Tereshkova, laureada primera cosmonauta de la historia, y la estadounidense Angela Davis, famosa política comunista, activista afroamericana,  profesora de filosofía e intelectual comprometida. Cerrando la órbita del pequeño viaje cósmico aquí emprendido reseñaré la circunstancia de que Angela Davis llegó a ser alumna en la Universidad de Brandeis (Massachusetts) del filósofo judío-alemán Herbert Marcuse, otro de los astros del microcosmos de la pared del Valentín’s Coffee, según señalé con anterioridad, y autor de una de las tres citas que encabezan mi texto.

jueves, 21 de junio de 2012

El cielo de verano según Tennessee Williams



Hoy día 21 de junio doy mi personal bienvenida a la estación veraniega con un fragmento de las maravillosas acotaciones escénicas iniciales que Tennessee Williams redactó en Roma, en marzo de 1948, para su obra ‘Summer and Smoke’ (‘Verano y humo’), traducida al castellano por León Mirlas para la editorial Losada. El dramaturgo estadounidense modela con esmerada pulcritud y exquisito detalle el cielo de verano que el espectador de su obra debía contemplar ante sí en todo su esplendor:

“Durante las escenas diurnas, el cielo debe ser de un azul puro e intenso (como el cielo de Italia, tal como se lo representa fielmente en los cuadros religiosos del Renacimiento) y los trajes deben formar contrastes dramáticos de color con el azul intenso sobre cuyo fondo se destacan las figuras. (Las armonías de color y demás efectos visuales son de enorme importancia.)

En las escenas nocturnas, las constelaciones más familiares, como Orión y la Osa Mayor y las Pléyades, se proyectan claramente en el cielo nocturno, y por sobre ellas, dispersas en lo alto del panorama, está la nebulosa radiación de la Vía Láctea. También pueden proyectarse sobre este panorama nubes aborregadas, haciéndoselas derivar a través de él”.

En la foto, Tennessee Williams se relaja en una playa italiana en 1956.

martes, 20 de marzo de 2012

De California a Huelva: Postales para un exordio literario de la primavera



Por esas caprichosas leyes del azar que son tan del gusto del escritor estadounidense Paul Auster, justo el día que principia la primavera, el número XXV, con su romana elegancia, me susurra al oído que abra los libros "Las uvas de la ira" y "Platero y yo" por sus respectivos capítulos vigésimoquintos, para dar la bienvenida que se merece a la radiante y prometedora nueva estación:

"La primavera es hermosa en California. Valles en los que las frutas maduras son fragantes aguas rosas y blancas de un mar poco profundo. Luego los primeros zarcillos de las uvas, hinchándose desde las viejas vides nudosas, caen como una cascada y cubren los troncos. Las verdes colinas son redondeadas y suaves como senos (…) Y entonces las hojas salen en los árboles y los pétalos caen de los frutales y alfombran la tierra de rosa y blanco. Los centros de las flores se hinchan, crecen y se colorean: cerezasy manzanas, melocotones y peras, higos cuya flor se cierra sobre la fruta. Toda California se acelera con productos de la tierra y la fruta se hace pesada y las ramas se van inclinando poco a poco bajo el peso de la fruta".

[John Steinbeck. “Las uvas de la ira”, capítulo XXV]


"Salgo al huerto y canto gracias al Dios del día azul. ¡Libre concierto de picos, fresco y sin fin! La golondrina riza, caprichosa, su gorjeo en el pozo; silba el mirlo sobre la naranja caída; de fuego, la oropéndola charla, de chaparro en chaparro; el chamariz ríe larga y menudamente en la cima del eucalipto, y, en el pino grande, los gorriones discuten desaforadamente.

¡Cómo está la mañana! El sol pone en la tierra su alegría de plata y de oro; mariposas de cien colores juegan por todas partes; entre las flores, por la casa —ya dentro, ya fuera—, en el manantial. Por doquiera, el campo se abre en estallidos, en crujidos, en un hervidero de vida sana y nueva.

Parece que estuviéramos dentro de un gran panal de luz, que fuese el interior de una inmensa y cálida rosa encendida".

[Juan Ramón Jiménez. “La primavera”. “Platero y yo”, capítulo XXV]


Ilustran esta entrada dos cautivadoras postales antiguas: una de un huerto de naranjas en California, y otra del Paseo de Los Naranjos en Huelva.

domingo, 29 de enero de 2012

Tres héroes gallegos


“Fue una noche de fiesta estudiantil que acabó en tragedia en la playa del Orzán, en pleno centro urbano de A Coruña. El mar, con alerta naranja en la costa y olas de hasta cinco metros al ser pleamar cuando ocurrió el suceso, engulló a orillas del arenal en la madrugada de ayer a cuatro personas, un estudiante de nacionalidad eslovaca de 23 años y tres policías nacionales que se lanzaron al agua para auxiliarlo (…) ‘Las olas eran tremendas, daban miedo, y había una persona en el agua gritando socorro cuando los policías se metieron en el mar para rescatarlo’ relató un testigo”.

[Paola Obelleiro. A Coruña. El País, sábado 28 de enero de 2012]


“La proa del Aril está al otro lado del horizonte, abriendo aguas que no se ven, cuyo rumor se escucha, cuya fuerza se siente en el hierro trémulo (…) Macario Martín, sentado en la litera, habla.
-Un hombre al agua sería imposible que se salvase (…) Hoy sería imposible: ni se le vería, ni se le oiría”.

[Ignacio Aldecoa. “Gran Sol”]


“Ante el faro de Fisterra están los islotes de Lobeira Grande y Lobeira Chica, mientras que un poco a la derecha hay un pedazo de mar, conocido como O Centolo, que tiene su propia historia negra dentro de las tragedias de la Costa da Morte. Según J. Braña, durante un temporal, el 7 de septiembre de 1870, se hundió allí un acorazado inglés. En el naufragio murieron 482 marineros y sólo hubo 18 supervivientes”.

[“El faro del fin del mundo”. Galicia. Las Guías Visuales de España]


“La cuarta raza también era de bronce, pero estos hombres eran más nobles y generosos, habiendo sido engendrados por los dioses en madres mortales. Lucharon valientemente en el asedio de Tebas, la expedición de los argonautas y la guerra de Troya. Se convirtieron en héroes y viven en los Campos Elíseos”.

[Robert Graves. “Los mitos griegos]


¿Qué din os rumorosos
na costa verdecente
ao raio transparente
do prácido luar?

Os bos e xenerosos
a nosa voz entenden
e con arroubo atenden
o noso ronco son.

¿Qué dicen los rumorosos
en la costa verdescente
al rayo transparente
de la plácida luz lunar?

Los buenos y generosos
nuestra voz entienden,
y con arrobo atienden
nuestro ronco sonido.

[Himno gallego. Extracto]]




El mar es una cosa. El mar en Galicia es otra. El mar en Galicia en invierno es otra. El mar en Galicia en invierno durante un temporal es otra bien distinta ante la que las tres primeras no resisten comparación posible, como tuve la oportunidad de comprobar con mis propios ojos en un viaje que, aún siendo niño, realicé a aquellas tierras durante la estación invernal. En los años de mi niñez, adolescencia y primera juventud solía visitar con frecuencia Galicia (lugar al que me vincula el 50% de mi ascendencia genealógica), pero invariablemente en verano. Un año tuvimos la oportunidad de viajar allí en invierno. En todas nuestras estancias gustábamos de acudir un día al faro de Corrubedo (A Coruña), para dar un paseo y disfrutar de un enclave con un encanto especial, rodeado del intenso azul del mar en el extremo suroccidental de la península do Barbanza, a la entrada de la ría de Arousa, y al que se accedía por una recta y solitaria carretera flanqueada por las imponentes formaciones dunares del parque natural que lleva el mismo nombre que el faro. La visita al faro de Corrubedo aquel invierno quedó para siempre impresa en mi memoria. En una mañana que lumínicamente tenía más de noche, nos aproximamos a la totémica torre vigía, que presentaba un aspecto diferente del habitual, sobre el fondo de los amenazantes tonos morados y grisáceos del plúmbeo cielo. Había un enorme temporal, con vientos que rasgaban con su silbo ensordecedor el silencio de la remota punta y que parecían llegar a mover el Renault 8 que teníamos por aquel entonces. En cuestión de segundos tomamos conciencia de que el mar en Galicia en invierno durante un temporal no es un elemento natural, sino una todopoderosa e implacable fuerza sobrenatural que puede jugar a su antojo con lo que se ponga a su alcance, sean estos seres animados u objetos inanimados. La violencia del viento, el pavoroso estruendo de las olas de varios metros golpeando inmisericordemente las erizadas rocas de la abrupta costa y la avanzadilla pulverizada del mar que, a pesar de la notable distancia en metros, conseguía alcanzar los cristales del vehículo provocaron en nosotros tal sensación de miedo e indefensión que no nos atrevimos ni a bajar de él.

Sólo con la madera de un héroe, sólo con la elevada fuerza de los seres de origen semidivino de la mitología griega, sólo con la inconmensurable valentía del protagonista de las grandes epopeyas clásicas, puede un hombre tener el coraje de arrojarse al mar en Galicia en invierno durante un temporal, incluso cuando el motivo es salvarle la vida al prójimo. Tres héroes gallegos lo tuvieron en la madrugada del viernes 27 al sábado 28 de enero pasado: los policías nacionales Javier López López (de A Coruña), Rodrigo Maseda Lozano (de Burela, Lugo) y José Antonio Villamor Vázquez (de Friol, Lugo). En un mundo grandemente deshumanizado, donde tantos individuos se han atribuido, atribuyen y, lamentablemente, seguirán atribuyéndose el aberrante “derecho” a quitarle la vida a sus congéneres, que tres policías gallegos entregasen su vida en ritual sacrificio al sobrenatural mar de su tierra para intentar preservar la de un semejante me hace seguir creyendo, sin fisuras, en el futuro de nuestra especie, porque entre sus miembros hay algunos que tienen un contacto directo con los dioses.

jueves, 15 de septiembre de 2011

De la ciudad y el tiempo


El paso del tiempo, ese imperceptible pero tenaz devenir del pasado en futuro, afecta en igual medida a la ciudad y a sus habitantes. Pero no es éste el tiempo del que quisiera aquí ocuparme: me dice realmente poco la experiencia de la cotidianeidad en la que hombre y ciudad andan sumidos, y con demasiada frecuencia mal avenidos. Me interesa otro tiempo bien distinto, aquél que el ser humano tiene la potestad de imponer sobre el espacio urbano en el que ha vivido, vive y vivirá. Ese otro tiempo aristotélico, carente de toda existencia autónoma, que se compone de los eventos que jalonan la existencia del hombre, eventos cuya naturaleza esencial radica en la transformación del principio en final y del final en principio. Este tiempo de los eventos o estos eventos en el tiempo son los que, en última instancia, conforman nuestra particular percepción de la ciudad: ciudad recordada, ciudad en construcción, ciudad imaginada en las acciones que fueron, son y serán. Cuando, en los años 50 del pasado siglo, se tomó la fotografía (arte del tiempo detenido) de una de las arterias centrales de la ciudad de Huelva que encabeza esta entrada, yo no existía, pero ya estaba allí prefigurado en cierto modo, porque por esa calle caminaban ya algunos de los integrantes de mi más próximo círculo vital. Hace ahora dos veranos, en uno de mis cada vez más espaciados retornos a mi ciudad natal, pasé por el mismo lugar de la foto; en realidad, no fue hace dos veranos, fue en un momento impreciso de ese otro tiempo, el que se alimenta de la memoria no vivida sino heredada del imaginario colectivo de los habitantes de la ciudad. Sin estar, el bar de la esquina con sus veladores, su camarero con blanca chaqueta y sus clientes permanecían allí inamovibles, mientras yo transitaba por su lado en compañía de otros moradores del aquí y ahora. En el tiempo cronológico, aquellos integrantes de mi círculo vital ya no están, pero yo sí que estoy. Si quiero volver a verlos, sentirlos en mi proximidad, sólo tengo que recorrer el corto trayecto que, en mi interior, conduce hasta la ciudad construida por la arquitectura de la imaginación. Mientras tanto, la ciudad de hormigón y hueso no altera sus constantes vitales, y en su presente sigue aconteciendo esa interminable concatenación de hechos que, cuando así lo decidan sus habitantes, se transmutará en tiempo rememorado, fabricado, imaginado, como parte integral del proceso de reinvención del espacio que nos alberga y que obstinadamente se muta para permanecer invariable en el otro tiempo.


TEXTOS E IMÁGENES SOBRE LA CIUDAD Y EL TIEMPO

“Los edificios y las ciudades nos permiten estructurar, entender y recordar el flujo informe de la realidad, así como, en última instancia, reconocer quiénes somos. El sentido del yo nos permite entrar plenamente en las dimensiones mentales de los sueños, la imaginación y el deseo. Los edificios y las ciudades proporcionan el horizonte necesario para comprender y confrontar la condición existencial del ser humano”.

[Juhani Pallasmaa. “The Eyes of the Skin”]


“Sam Shaw –fotógrafo, productor de películas y animador de actores- tiene todavía recuerdos precisos de Marilyn Monroe que resultan vagos ante sus fotos precisas. Caminando por Manhattan, cerca del Parque Central, a comienzos del verano me dijo Sam señalando: “En uno de esos bancos le hice unas fotos a Marilyn. Era verano”.

[Guillermo Cabrera Infante. “Beldad y mentira de Marilyn Monroe”, de su libro “Cine o Sardina”]


“Comenzaba a amanecer cuando Gabriel Luna llegó ante la catedral. En las estrechas calles toledanas todavía era de noche. La azul claridad del alba, que apenas lograba deslizarse entre los aleros de los tejados, se esparcía con mayor libertad en la plazuela del Ayuntamiento (…) Gabriel contemplaba con cariño el templo silencioso y cerrado, donde vivían los suyos y había transcurrido lo mejor de su vida. ¡Cuántos años sin verlo! ¡Con qué ansiedad aguardaba a que abriesen las puertas…! Había llegado a Toledo la noche anterior en el tren de Madrid (…) No había podido dormir. Le quitaba el sueño verse en su tierra después de tantos años de aventuras y miserias".

[Vicente Blasco Ibáñez. “La catedral”]


“Por mucho que oficialmente “Of Time and the City” sea un encargo realizado para conmemorar la designación de Liverpool en 2008 como Capital Europea de la Cultura, no hay duda de que estamos ante el más insólito de los encargos. O ante el más atípico y personal de los filmes institucionales (que se suponen deben ser neutros, asépticos e imparciales), pues sí, efectivamente, Terence Davies nos habla de Liverpool. La película es un retrato de la ciudad, un recorrido histórico que arranca en 1945 y concluye a finales de los años sesenta, lo que podríamos llamar los “años Davies”: de ahí que la producción institucional acabe por devenir la más apasionante de las autobiografías filmadas. Tres décadas y media después de su partida, el cineasta vuelve a la moderna Liverpool. No queda nada de aquella “dirty old town”, pero sí mucho desarraigo, esa sensación de que todos los lazos con el pasado y con el lugar se han roto”.

[Jaime Pena. “Of Time and the City: Dirty Old Town”. Cahiers du Cinema España, nº 15]

Dos fragmentos de la película documental "Of Time and the City" (Terence Davies.2008)





miércoles, 7 de septiembre de 2011

¿Cómo pudo vernos este hombre?


En el año 1979 el común de los mortales vivía sin PC, internet, e-mail, Facebook, teléfono móvil, etc. En ese mismo año 1979 el filósofo italiano Riccardo Campa (en la foto) debió de tomar prestada la Máquina del Tiempo de H. G. Wells y venir a echarnos un vistazo:

“El progreso tecnológico y una especie de infantilismo tejen la trama del impulso y de la dimensión social del hombre moderno; éste es, a la vez, siempre más fuerte y más indefenso; y no puede recurrir a una espiral de remedios que lo encierran en un contexto de relaciones virtuales, desvanecidas, que no puede renegar. Se ve obligado a vivir una “existencia diferida”, cargada de signos y de perspectivas. Esto explica la poca capacidad de control del yo con relación a las innumerables posibilidades que logra representar, casi siempre ficticiamente y a posteriori: su negación, su conversión en lo opuesto y su proyección al exterior promueven actitudes antisociales y disolventes. La satisfacción parcial de sus propias tendencias universaliza al individuo, lo eleva a la categoría de mártir y adepto de una casta secreta e inmensa.”

[Riccardo Campa (1979) “Las nuevas herejías”, pp. 202-3]

Lars Von Trier desencuadrado



LARS VON TRIER DESENCUADRADO


Leo en el nº 47 de Cahiers du Cinema un artículo de Adrian Martin, Profesor del Departamento de Estudios de Cine y Televisión de Monash University en Melbourne y coeditor de la revista cinematográfica online ‘Rouge’. Sorprenden sobremanera a Martin las opiniones que sobre el concepto del “encuadre” en el cine realiza el director danés Lars Von Trier en una entrevista incluida como extra en el DVD de su película de 2006 “El jefe de todo esto” y que Martin glosa de esta manera: “El dogmático danés (…) dice que se ha ido dando cuenta con el tiempo, hasta convencerse del todo, de que el concepto de “encuadre” no tiene ninguna lógica, ningún sentido (…) Von Trier no solo estaba diciendo que encuadrar planos le aburre, que es algo anticuado, o que le roba demasiado tiempo. Más bien, deja claro que encuentra el propio concepto del encuadre en el cine no solo ilógico sino también opresivo: la última constricción contra la que hay que luchar”. En el mismo número de Cahiers podemos leer a Carlos F. Heredero, su director, escribir sobre “la vitalidad creativa que destila esa ‘pequeña gran pantalla’ en la que se ha convertido la cantera de la ficción televisiva norteamericana”. Precisamente, en estos días ando inmerso en el visionado de una de las series a las que se refiere Heredero con su comentario, ‘Mad Men’. Me pregunto lo que dirían los responsables de la misma si se les plantea la cuestión de que los planos milimétricamente encuadrados de “El apartamento” de Billy Wilder, encuadrador de encuadradores –las infinitas filas de mesas de oficina en gran angular, los pictóricos primeros planos del ascensor que maneja Shirley MacLaine, la poética penosa imagen de Jack Lemon soportando el frío invernal en la calle y mirando hacia la ventana encendida de su propio apartamento mientras otros lo disfrutan, etc- son anticuados, ilógicos, carecen de sentido, oprimen, constriñen. Las carcajadas deben de resonar todavía por Madison Avenue. Estimado Lars: encuadrar o no encuadrar; no es éste el principal problema que, en mi modesta opinión, debe de resolver el séptimo arte en estos momentos, más bien filmar o no contenidos de verdadera calidad artística y cinematográfica que, posteriormente y a gusto del director, puedan enmarcarse o presentarse en bruto.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Carver, levitación y lluvia de septiembre





Primer día de actividad tras las vacaciones estivales. Es un día extraño que contiene las dosis justas de extrañeza que la vuelta a la normalidad puede admitir, aunque quizá potenciadas por la contumaz presencia de una tormenta de verano que dibuja de postal de invierno la ciudad. El cerrado microcosmos del autobús parece haberse dividido en dos bandos irreconciliables: los que aún lucen moreno playero en vías de extinción y llevan manga corta y los que esconden su blancura urbanita tras las hojas de la prensa gratuita y han tirado precipitadamente de fondo de armario otoñal. Un día que prometía pocas emociones da de pronto un giro inesperado. Mientras hago las copias del examen que tengo que realizar, dirijo la mirada hacia el desvencijado mueble que alberga el bookcrossing, más utilitario que altruista, que se practica en mi departamento. Entre viejas y polvorientas revistas carentes de interés alguno encuentro un ejemplar en el original inglés de 'Cathedral', el famoso libro de historias cortas de Raymond Carver, una aguja encontrada en un pajar, sin duda. Terminado el examen, recorro las fantasmagóricas baldosas de un desolado pasillo. De pasada, puedo ver a dos personas con semblante de alumnos extranjeros despistados mirando hacia el interior de un aula. En rústico e improvisado cartel pegado en la puerta de la misma reza lo siguiente: “No poner los pies en el suelo”. El añejo piso de desvencijadas láminas de madera acaba de ser barnizado. Hasta ahora conocía el Aula de la Experiencia, concebida para hacer llegar los saberes universitarios a las personas mayores. Leído lo leído en el cartel en cuestión, parece que este año se inaugura el Aula de la Levitación; espero que haya suficientes levitadores dispuestos a matricularse que justifiquen la celebración de la misma. Ya en la calle, la lluvia de septiembre va trazando a golpe de líquidos círculos en el suelo la resbaladiza vereda que me lleva hasta la parada del autobús para volver a casa. A media parada le falta el techo, así que me resguardo en la otra mitad. Amenizo la espera del público vehículo viendo cómo los apresurados viajeros que llegan a la parada al cobijo de su paraguas suspiran aliviados y lo cierran, para de inmediato comprobar sorprendidos que siguen mojándose. Han elegido el lado equivocado del imperfecto elemento de mobiliario urbano. El centímetro cuadrado de suelo en el lado en que me encuentro empieza a pagarse bien caro. Ojeo la contraportada del libro de Carver y leo que en sus historias el autor estadounidense nos revela el mundo tal y como él lo ve. En el interior descubro en muchas páginas las anotaciones al margen del antiguo propietario. En varias se repite la palabra “epifanía”. Yo he escrito aquí de lo que he visto hoy: la epifanía de una ciudad que a regañadientes recupera su pulso normal.

lunes, 25 de julio de 2011

Arte mayor y menor de las dos ruedas


Las bicicletas son para el verano. Extraigo esta máxima de entre los escasos principios de mi certidumbre estival (préstamo con variaciones de la entrega fílmica de 2002 del prolífico y centenario Manoel de Oliveira). Buenas pruebas de la validez de dicha máxima recalan hasta mí desde muy diversos puntos de partida. Me detengo brevemente en dos de ellas. La Cadena SER aprovecha la habitual suelta de cadenas que caracteriza la programación estival de las emisoras de radio y, con motivo de la efeméride del 75 aniversario del inicio de la Guerra Civil el pasado 18 de julio, lanza a las ondas una sugerente evocación a la par que convicente reivindicación del teatro radiofónico de épocas pasadas. Conocidas voces de actores y locutores de la propia cadena nos trasladan a los primeros días de la tragedia fratricida que marcó la vida de varias generaciones españolas de la mano de la obra de Fernando Fernán Gómez “Las bicicletas son para el verano”. Por otra parte, el día 17 de julio cerraba la edición del diario “El País” un inteligente, entrañable y profundamente plástico artículo/relato de Manuel Vicent titulado “Unos pantalones bombachos y una bicicleta”. En él el escritor valenciano nos brindaba un delicioso y emocionante paseo en imaginaria bicicleta por los parajes de su memoria estival. Fernán Gómez y Vicent, cada uno a su manera, acababan por delinear la poderosa imagen de la bicicleta como el más preciado tesoro de la ancha y recóndita isla veraniega de los niños españoles de los años 30 y 40. “En verano de 1947 se produjo en mi vida un gran suceso. Por primera vez fui al mar en mi bicicleta Orbea, cuando apenas alcanzaba los pedales”. Como se desprende de estas líneas de su artículo, el niño Manuel (Vicent) tuvo más fortuna que el Luisito de Fernán Gómez, quien vio cómo el estallido de la contienda civil hacía saltar en pedazos sus planes para que su padre Don Luis le regalase una bici ese verano, junto con los planes de futuro de su familia, de sus vecinos, de Madrid, su ciudad, y de España, su país. El empleo de la imagen literaria de la bicicleta como signo de un tiempo muy concreto de nuestra historia reciente no es fruto de la casualidad pues, incluso en la época que rememoran nuestros dos escritores, hacía ya mucho que el arte de la bicicleta había venido a sustituir a otro anterior; es esto lo que la revista “Scientific American” pronosticaba allá por 1869 al afirmar que, debido al advenimiento de la bicicleta, “el arte de caminar está obsoleto”.

Tomando ahora el sendero hacia lo personal, creo conveniente señalar aquí que, aunque no como agente pedaleador, pero sí como experimentador artístico, el ciclo de las dos ruedas reluce también con luz propia en mi verano. Cumplo los años el 16 de julio, al igual que el mítico ciclista Miguel Indurain. Desde los triunfantes días del navarro en el Tour de Francia, el hecho de que tan curiosa coincidencia tuviese lugar siempre en el fragor de la dura disputa por el maillot amarillo de la ronda francesa, hizo que el amor por el ciclismo, arte antes que deporte para mí, anidase fuertemente en mi educación sentimental. Desde entonces, cada nuevo verano reverdece en mí con savia nueva la pasión artística por la bicicleta. En la edición del Tour que acaba de finiquitar con la tradicional fiesta en la ciudad que era una fiesta, quizás liberado de la presión deportiva por una posible victoria de Contador que a cada pedalada hacia París se iba alejando más, he visto acrecentarse en mí sobremanera la sensación del goce puramente estético del ciclismo por el ciclismo, del arte mayor y menor de las dos ruedas. Si las etapas de la carrera ciclista francesa fuesen formas estróficas, parece lógico pensar que las finalizadas en las cumbres pirenaicas o alpinas se escribirían en verso de arte mayor, mientras que las relativamente llanas que se resuelven al sprint presentarían una composición en líneas de arte menor. Al expresarme en tales términos sólo tengo en mente la arquitectura formal de las etapas, pues si lo que realmente nos interesa es el contenido artístico de las mismas, en ambos casos habremos de dirigir nuestros pasos al territorio de la épica. De igual modo que el genero épico podía expresarse en poesía de alejandrinos o de octosílabos, las gestas ciclistas son susceptibles de llegar al espectador bien revestidas del halo de la grandeza, cuantitativa y cualitativa, de una interminable y sobrehumana ascención montañosa, bien envueltas en el pequeño formato de la celeridad endiablada de un relampagueante y arriesgado sprint. No se me ocurre mejor ejemplo de la incansable lucha del héroe épico contra un medio natural hostil que la espectacular imagen aérea de los ciclistas remontando a puro golpe de corazón la sobrenatural ruta que serpentea por la vertical pared del Galibier. Heroica fue sin duda también la cruel batalla entre el monarca Contador y el señor feudal Samuel Sánchez en la subida al mítico Alpe d’Huez: el súbdito obtenía el botín del Premio de la Montaña a costa de privar a su monarca de la codiciada victoria de etapa, que acabaría cayendo en manos del caballero francés Rolland (nombre mítico donde los haya). A su manera, las llamadas “etapas de transición” que alcanzan su postrer clímax en el fugaz arte menor del sprint tienen también un indudable encanto épico. Curiosa especie la del sprinter, en no pocas ocasiones malentendido e infravalorado en oposición al reverenciado escalador. Épica es sin duda su larga travesía por las mediterráneas aguas de una planicie de más de 200 kilómetros, sorteando a la velocidad del rayo los peligros provenientes de los sinuosos archipiélagos de rotondas y haciendo oídos sordos a los cantos de sirenas de los ciclistas que derrapan por la gloria publicitaria de unos segundos de primer plano televisivo; el Odiseo ciclista ha de tener la cabeza fría para no ahogarse en la orilla y llegar a los decisivos últimos metros todavía con fuerzas suficientes en sus piernas. En otros momentos, a quien veo es a un medieval caballero sprinter que viaja seguro, arropado por su fiel ejército de gregarios y lanzadores, en pos de defender su honor en el magno torneo. Pero en el momento de la verdad, en el pasillo flanqueado por las gradas pobladas por los nobles del reino, el caballero sprinter se queda solo y pagará con su vida el más mínimo error de cálculo, como en aquella ya lejana etapa en la que el normalmente intratable caballero anglosajón Cavendish lanzó a destiempo el ataque con sus piernas convertidas en lanzas y se vio superado sin remisión por su izquierda sobre la línea de meta por el caballero teutón Greipel. Escuchando atentamente la emisión radiofónica de la obra teatral de Fernán Gómez, leyendo con deleite el artículo de Vicent o viendo sin perder detalle el Tour, disfruto como un niño de los años cuarenta con bicicleta nueva del exquisito arte mayor y menor de las dos ruedas.

lunes, 18 de julio de 2011

"Maldigo las guerras": El Planeta de los Desaparecidos



PRÓLOGO.

Tristes guerras …

Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes, tristes.

Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes, tristes.

Tristes hombres
si no mueren de amores.
Tristes, tristes.

[Miguel Hernández. “Cancionero y romancero de ausencias”]


En el año 2002 el periodista y escritor Rafael Torres publicaba su obra “Desaparecidos”. En su contraportada puede leerse lo siguiente: “Este libro supone la primera monografía sobre nuestros desaparecidos, cuyo relato discurre por los territorios del horror y se detiene en las diversas estaciones en las que miles de rostros se dejaron ver por última vez”. Para mí y me imagino que para la mayoría de los lectores, el libro de Torres supuso un contundente aldabonazo en la conciencia, la cual despertó de sopetón a una terrible y paradójica realidad: durante muchos años, los españoles habíamos seguido horrorizados las impactantes noticias que sobre miles y miles de desaparecidos nos llegaban de Chile, Argentina, El Salvador, Guatemala, Bosnia, Ruanda o Irak, olvidando o quizá no queriendo recordar que nuestros pies pisaban la misma tierra que servía de inmensa fosa común a los miles y miles de desaparecidos durante nuestra propia Guerra Civil de 1936-1939 y la feroz e implacable represión que siguió a la misma. En el inicio del segundo capítulo (pp. 82-3), escribe Rafael Torres lo siguiente:

En la víspera de instalarse en las zonas peninsulares donde triunfó, el Golpe de Estado había exhibido su atroz preámbulo en el Protectorado español de Marruecos, de donde, a lomos de los aviones de transporte cedidos por Mussolini, iniciarían la invasión de España las tropas mercenarias (Regulares, mehalas, harkas, policía indígena y Legión Extranjera) de los rebeldes.

No bien en la Península se habían recibido, confusas, las primeras noticias de la sublevación en Marruecos del Ejército de África, aquellas tierras ardientes, de Melilla a Larache, de Ceuta a Nador, de Tetuán a Chauen, ya se habían empapado de la sangre de los leales a la República, militares y paisanos.

Cerca de 200 personas fueron asesinadas en el Protectorado durante la primera noche de terror fascista [Intervengo brevemente aquí para recordar que esa fue más o menos la cifra de muertos provocada por los salvajes atentados terroristas del 11 de marzo de 2004 en los trenes de Madrid]. Entre ellas, el Jefe de Seguridad de Ceuta, teniente De Prado, cuyo cuerpo apareció a los muros de la prisión de El Hacho con dos tiros en la nuca. Su primo, el soldado Antonio Granados, fue detenido en Melilla por los sublevados y, recluido en el Hospital O’Donnell de esa ciudad, pudo ver en una de sus salas los primeros montones de desaparecidos de la Guerra de España. Eran militares leales a la República:

“Tenían los rostros desfigurados y algunos los ojos abiertos. No se podía saber el grado militar porque de los desgarrados uniformes habían sido arrancadas las estrellas y demás distintivos”.

El Delegado del Gobierno en Melilla, Jaime Fernández Gil de Terradillos, que logró escapar a Tánger tras varios meses de reclusión esperando la muerte, relató en su informe sobre las matanzas perpetradas por los sublevados en Melilla la desaparición de hasta veinticuatro de sus compañeros de cautiverio, y describió los pormenores de esa primera represión erradicadora y ciega que, dirigida por el coronel Solans Labedán, ejecutaron los falangistas:

“El depósito de cadáveres del cementerio estuvo totalmente lleno algunas semanas. Un largo desfile de personas, cuyos familiares habían desaparecido de sus casas, examinaban con ansiedad y temor los cadáveres alineados. Cuando estos desfiles empezaron a ser más continuos, como ellos permitían conocer sus “modos de actuar”, fueron cortados, prohibiendo la entrada al cementerio”.

La escena descrita en el último párrafo del texto de Torres se corresponde fielmente con tantas otras que, lamentablemente, hemos tenido que presenciar a través de la pantalla de nuestro televisor; la diferencia es que ésta tenía lugar en España y los “cadáveres alineados” eran de españoles. Escribo hoy día 18 de julio de 2011 en una España en la que esta fecha es ya afortunadamente la que viene después de la del 17 y antes de la del 19 de julio. Sin embargo, muchos de los desaparecidos de nuestra contienda civil lo siguen siendo y probablemente así seguirán por siempre jamás, y sus huesos se amontonan, aunque no precisamente alineados, en las cunetas, barrancos y cementerios de nuestro país. El cuerpo me pide poner el DVD de “El Planeta de los Simios”, el indiscutible clásico de la ciencia ficción dirigido en 1968 por Franklin J. Schaffner, y buscar con el mando su impactante última escena. No la veo entera, la quito justo después de que Charlton Heston (a quien profeso tanto aprecio en lo cinematográfico como poco en lo personal), demolido por el terrible descubrimiento de que el extraño planeta donde cree estar es en realidad el suyo (terrible como la constatación de que en tu propio país también hay desaparecidos), hinca sus rodillas sobre la basculante espuma del mar y la fina arena de la solitaria playa, y grita desesperadamente a los cuatro vientos una frase que debería resonar con fuerza imperecedera en nuestros oídos cada 18 de julio : “¡Maldigo las guerras!”.


EPÍLOGO.

El País, domingo 17 de julio de 2011 [p. 16]

“Enterrados 72 años después un grupo de fusilados del franquismo. Al volver del frente a sus casas el 3 de abril de 1939, 16 hombres de Menasalbas (Toledo) fueron sorprendidos por vecinos de su pueblo que durante la contienda se habían hecho falangistas, y asesinados frente a la tapia del cementerio. El Foro por la Memoria exhumó los cuerpos en julio del año pasado y ayer se los entregó a sus familias para enterrarlos, ahora bajo una lápida y con su nombre y apellidos, en el cementerio (…) El más joven de los asesinados tenía 14 años y el mayor, 60”.

domingo, 17 de julio de 2011

Lecturas estivales


Llega la estación estival y, cogidas de su mano, las así denominadas “lecturas de verano”. Pretender establecer, dentro del complejo, multifacético y casi inabarcable universo de los libros y la lectura, categorizaciones taxonómicas basadas en las arbitrarias particiones -naturales o artificiales- de eso que llamamos “año” me parece un inmenso error de partida: “lecturas de verano”, “lecturas de otoño”, “lecturas de invierno”; o “lecturas de vacaciones”, que igual nos sirven para un roto que para un descosido, para ser leídas tanto en la butaca, al amor de la lumbre en las frías y oscuras jornadas del asueto navideño, como en la hamaca, con la sedosa caricia de la brisa del estío en la cara y los rítmicos arrullos de las olas en los oídos. Sin embargo, es práctica habitual y extendida que, en cuanto alcanzamos las primeras estribaciones de junio, se nos ofrezcan por doquier –periódicos, suplementos semanales, revistas de libros, programas culturales de radio o televisión- útiles consejos y recomendaciones para el correcto disfrute de la experiencia lectora durante la tórrida estación: best-sellers que todo el mundo en la oficina menos tú ha leído ya (¡hay que dar salida al producto, bueno o menos bueno, que tanto cuesta colocar en la sacrosanta mesa de novedades!); antologías de poesía, a ser posible de amor y bien generosas en el paginado; literatura para el escapismo (¡aunque en muchos casos no quede claro de lo que escapamos y hacia dónde lo hacemos!), en el tiempo –sufrida novela histórica- y en el espacio –novela de aventuras y libros de viajes; es aquí donde cada verano me pregunto a la almodovariana manera “¿qué han hecho los pobres Sir Walter Scott, Robert Louis Stevenson, Alejandro Dumas, Julio Verne o Emilio Salgari para merecer esto?”. ¡Ah! Y no debemos olvidarnos de meter en la maleta un par de libros de autoayuda, que nunca están de más. Dados los peculiares acontecimientos acaecidos de mayo para acá, quizá sería recomendable que uno de los dos sea de “autoayuda colectiva”, ¿qué tal el “¡Indignaos!” de Stéphane Hessel, que es baratito y pesa muy poco?. Obviaré comentario en profundidad de esos tan socorridos “relatos de verano” (a veces por entregas al modo decimonónico) con los que la prensa diaria consigue rellenar algunas de las páginas de sus raquíticas ediciones agostíes: no conviene despertar a la bestia dormida. Aunque las generalizaciones son siempre injustas (quizá por eso se hagan), un denominador común parece vertebrar las variopintas ofertas de lectura estival: libros para el solaz, para el entretenimiento, fáciles de leer (¡entrañable esta ultima categoría!), que no interfieran con nuestro bien merecido descanso y que no pongan a prueba nuestra mente, que necesita echar el freno después de un inmisericorde año de incesante y extenuante trabajo. Seguir tamañas pautas de lectura durante el verano creo que es hacer exactamente lo contrario de lo que debería hacerse. El tramo final de los días laborables de nuestras largas semanas de otoño, invierno o primavera no parece el momento más adecuado para embarcarse en lecturas exigentes, de enjundia; ni siquiera el psicológicamente exiguo fin de semana del resto del año lo parece tampoco. Sin embargo, los días de las vacaciones estivales, inmensos, tranquilos, con el horizonte limpio de molestos nubarrones, son los que ponen ante nosotros en bandeja de plata una oportunidad inmejorable para acometer retos lectores de altos vuelos, de los que absorben de verdad y llaman a rebato a nuestro cinco sentidos. Es esto lo que siempre trato de hacer una vez cruzada la mediana de julio. Aun sabiendo que no podré con todos, este verano me he retado a duelo lector con, entre otros, Marcel Proust (“Remembrance of Things Past”; traducción al inglés de su seminal obra), con Julio Cortázar (“Rayuela”; echaré a cara o cruz el orden de lectura de los capítulos y que sea lo que el azar cortazariano quiera) y con Jorge Yarce y sus editados (“Filosofía de la comunicación”; dos pasiones mías en comunal abrazo en la misma obra). A los devotos y nostálgicos de las lecturas “estacionales”, a quienes evidentemente no habrán convencido mis argumentos, les juego en su propio terreno pero con mi balón: para las vacaciones de agosto, recomiendo “Canción de Navidad” de Charles Dickens, y para las de diciembre, “Verano y humo” de Tennessee Williams.