Si en la foto de arriba aciertas a divisar a un perro de blanco pelo algodonado deslizándose grácilmente por el cielo y soplando juguetonamente a las nubes, creo que has llegado al blog adecuado.
El poeta francés Paul Eluard dijo que hay otros mundos pero que están en éste. Yo también creo que en mi propio mundo hay muchos otros mundos. Desde las ventanas abiertas a mi imaginación veo entrelazarse entre sí a los mundos de mi mundo y, a su vez, unirse en frágil e imperfecta armonía con esos otros mundos que en el mundo son.
Por esas caprichosas leyes del azar que son tan del gusto del escritor estadounidense Paul Auster, justo el día que principia la primavera, el número XXV, con su romana elegancia, me susurra al oído que abra los libros "Las uvas de la ira" y "Platero y yo" por sus respectivos capítulos vigésimoquintos, para dar la bienvenida que se merece a la radiante y prometedora nueva estación:
"La primavera es hermosa en California. Valles en los que las frutas maduras son fragantes aguas rosas y blancas de un mar poco profundo. Luego los primeros zarcillos de las uvas, hinchándose desde las viejas vides nudosas, caen como una cascada y cubren los troncos. Las verdes colinas son redondeadas y suaves como senos (…) Y entonces las hojas salen en los árboles y los pétalos caen de los frutales y alfombran la tierra de rosa y blanco. Los centros de las flores se hinchan, crecen y se colorean: cerezasy manzanas, melocotones y peras, higos cuya flor se cierra sobre la fruta. Toda California se acelera con productos de la tierra y la fruta se hace pesada y las ramas se van inclinando poco a poco bajo el peso de la fruta".
[John Steinbeck. “Las uvas de la ira”, capítulo XXV]
"Salgo al huerto y canto gracias al Dios del día azul. ¡Libre concierto de picos, fresco y sin fin! La golondrina riza, caprichosa, su gorjeo en el pozo; silba el mirlo sobre la naranja caída; de fuego, la oropéndola charla, de chaparro en chaparro; el chamariz ríe larga y menudamente en la cima del eucalipto, y, en el pino grande, los gorriones discuten desaforadamente.
¡Cómo está la mañana! El sol pone en la tierra su alegría de plata y de oro; mariposas de cien colores juegan por todas partes; entre las flores, por la casa —ya dentro, ya fuera—, en el manantial. Por doquiera, el campo se abre en estallidos, en crujidos, en un hervidero de vida sana y nueva.
Parece que estuviéramos dentro de un gran panal de luz, que fuese el interior de una inmensa y cálida rosa encendida".
[Juan Ramón Jiménez. “La primavera”. “Platero y yo”, capítulo XXV]
Ilustran esta entrada dos cautivadoras postales antiguas: una de un huerto de naranjas en California, y otra del Paseo de Los Naranjos en Huelva.
“Fue una noche de fiesta estudiantil que acabó en tragedia en la playa del Orzán, en pleno centro urbano de A Coruña. El mar, con alerta naranja en la costa y olas de hasta cinco metros al ser pleamar cuando ocurrió el suceso, engulló a orillas del arenal en la madrugada de ayer a cuatro personas, un estudiante de nacionalidad eslovaca de 23 años y tres policías nacionales que se lanzaron al agua para auxiliarlo (…) ‘Las olas eran tremendas, daban miedo, y había una persona en el agua gritando socorro cuando los policías se metieron en el mar para rescatarlo’ relató un testigo”.
[Paola Obelleiro. A Coruña. El País, sábado 28 de enero de 2012]
“La proa del Aril está al otro lado del horizonte, abriendo aguas que no se ven, cuyo rumor se escucha, cuya fuerza se siente en el hierro trémulo (…) Macario Martín, sentado en la litera, habla. -Un hombre al agua sería imposible que se salvase (…) Hoy sería imposible: ni se le vería, ni se le oiría”.
[Ignacio Aldecoa. “Gran Sol”]
“Ante el faro de Fisterra están los islotes de Lobeira Grande y Lobeira Chica, mientras que un poco a la derecha hay un pedazo de mar, conocido como O Centolo, que tiene su propia historia negra dentro de las tragedias de la Costa da Morte. Según J. Braña, durante un temporal, el 7 de septiembre de 1870, se hundió allí un acorazado inglés. En el naufragio murieron 482 marineros y sólo hubo 18 supervivientes”.
[“El faro del fin del mundo”. Galicia. Las Guías Visuales de España]
“La cuarta raza también era de bronce, pero estos hombres eran más nobles y generosos, habiendo sido engendrados por los dioses en madres mortales. Lucharon valientemente en el asedio de Tebas, la expedición de los argonautas y la guerra de Troya. Se convirtieron en héroes y viven en los Campos Elíseos”.
[Robert Graves. “Los mitos griegos]
¿Qué din os rumorosos na costa verdecente ao raio transparente do prácido luar?
Os bos e xenerosos a nosa voz entenden e con arroubo atenden o noso ronco son.
¿Qué dicen los rumorosos en la costa verdescente al rayo transparente de la plácida luz lunar?
Los buenos y generosos nuestra voz entienden, y con arrobo atienden nuestro ronco sonido.
[Himno gallego. Extracto]]
El mar es una cosa. El mar en Galicia es otra. El mar en Galicia en invierno es otra. El mar en Galicia en invierno durante un temporal es otra bien distinta ante la que las tres primeras no resisten comparación posible, como tuve la oportunidad de comprobar con mis propios ojos en un viaje que, aún siendo niño, realicé a aquellas tierras durante la estación invernal. En los años de mi niñez, adolescencia y primera juventud solía visitar con frecuencia Galicia (lugar al que me vincula el 50% de mi ascendencia genealógica), pero invariablemente en verano. Un año tuvimos la oportunidad de viajar allí en invierno. En todas nuestras estancias gustábamos de acudir un día al faro de Corrubedo (A Coruña), para dar un paseo y disfrutar de un enclave con un encanto especial, rodeado del intenso azul del mar en el extremo suroccidental de la península do Barbanza, a la entrada de la ría de Arousa, y al que se accedía por una recta y solitaria carretera flanqueada por las imponentes formaciones dunares del parque natural que lleva el mismo nombre que el faro. La visita al faro de Corrubedo aquel invierno quedó para siempre impresa en mi memoria. En una mañana que lumínicamente tenía más de noche, nos aproximamos a la totémica torre vigía, que presentaba un aspecto diferente del habitual, sobre el fondo de los amenazantes tonos morados y grisáceos del plúmbeo cielo. Había un enorme temporal, con vientos que rasgaban con su silbo ensordecedor el silencio de la remota punta y que parecían llegar a mover el Renault 8 que teníamos por aquel entonces. En cuestión de segundos tomamos conciencia de que el mar en Galicia en invierno durante un temporal no es un elemento natural, sino una todopoderosa e implacable fuerza sobrenatural que puede jugar a su antojo con lo que se ponga a su alcance, sean estos seres animados u objetos inanimados. La violencia del viento, el pavoroso estruendo de las olas de varios metros golpeando inmisericordemente las erizadas rocas de la abrupta costa y la avanzadilla pulverizada del mar que, a pesar de la notable distancia en metros, conseguía alcanzar los cristales del vehículo provocaron en nosotros tal sensación de miedo e indefensión que no nos atrevimos ni a bajar de él.
Sólo con la madera de un héroe, sólo con la elevada fuerza de los seres de origen semidivino de la mitología griega, sólo con la inconmensurable valentía del protagonista de las grandes epopeyas clásicas, puede un hombre tener el coraje de arrojarse al mar en Galicia en invierno durante un temporal, incluso cuando el motivo es salvarle la vida al prójimo. Tres héroes gallegos lo tuvieron en la madrugada del viernes 27 al sábado 28 de enero pasado: los policías nacionales Javier López López (de A Coruña), Rodrigo Maseda Lozano (de Burela, Lugo) y José Antonio Villamor Vázquez (de Friol, Lugo). En un mundo grandemente deshumanizado, donde tantos individuos se han atribuido, atribuyen y, lamentablemente, seguirán atribuyéndose el aberrante “derecho” a quitarle la vida a sus congéneres, que tres policías gallegos entregasen su vida en ritual sacrificio al sobrenatural mar de su tierra para intentar preservar la de un semejante me hace seguir creyendo, sin fisuras, en el futuro de nuestra especie, porque entre sus miembros hay algunos que tienen un contacto directo con los dioses.
El paso del tiempo, ese imperceptible pero tenaz devenir del pasado en futuro, afecta en igual medida a la ciudad y a sus habitantes. Pero no es éste el tiempo del que quisiera aquí ocuparme: me dice realmente poco la experiencia de la cotidianeidad en la que hombre y ciudad andan sumidos, y con demasiada frecuencia mal avenidos. Me interesa otro tiempo bien distinto, aquél que el ser humano tiene la potestad de imponer sobre el espacio urbano en el que ha vivido, vive y vivirá. Ese otro tiempo aristotélico, carente de toda existencia autónoma, que se compone de los eventos que jalonan la existencia del hombre, eventos cuya naturaleza esencial radica en la transformación del principio en final y del final en principio. Este tiempo de los eventos o estos eventos en el tiempo son los que, en última instancia, conforman nuestra particular percepción de la ciudad: ciudad recordada, ciudad en construcción, ciudad imaginada en las acciones que fueron, son y serán. Cuando, en los años 50 del pasado siglo, se tomó la fotografía (arte del tiempo detenido) de una de las arterias centrales de la ciudad de Huelva que encabeza esta entrada, yo no existía, pero ya estaba allí prefigurado en cierto modo, porque por esa calle caminaban ya algunos de los integrantes de mi más próximo círculo vital. Hace ahora dos veranos, en uno de mis cada vez más espaciados retornos a mi ciudad natal, pasé por el mismo lugar de la foto; en realidad, no fue hace dos veranos, fue en un momento impreciso de ese otro tiempo, el que se alimenta de la memoria no vivida sino heredada del imaginario colectivo de los habitantes de la ciudad. Sin estar, el bar de la esquina con sus veladores, su camarero con blanca chaqueta y sus clientes permanecían allí inamovibles, mientras yo transitaba por su lado en compañía de otros moradores del aquí y ahora. En el tiempo cronológico, aquellos integrantes de mi círculo vital ya no están, pero yo sí que estoy. Si quiero volver a verlos, sentirlos en mi proximidad, sólo tengo que recorrer el corto trayecto que, en mi interior, conduce hasta la ciudad construida por la arquitectura de la imaginación. Mientras tanto, la ciudad de hormigón y hueso no altera sus constantes vitales, y en su presente sigue aconteciendo esa interminable concatenación de hechos que, cuando así lo decidan sus habitantes, se transmutará en tiempo rememorado, fabricado, imaginado, como parte integral del proceso de reinvención del espacio que nos alberga y que obstinadamente se muta para permanecer invariable en el otro tiempo.
TEXTOS E IMÁGENES SOBRE LA CIUDAD Y EL TIEMPO
“Los edificios y las ciudades nos permiten estructurar, entender y recordar el flujo informe de la realidad, así como, en última instancia, reconocer quiénes somos. El sentido del yo nos permite entrar plenamente en las dimensiones mentales de los sueños, la imaginación y el deseo. Los edificios y las ciudades proporcionan el horizonte necesario para comprender y confrontar la condición existencial del ser humano”.
[Juhani Pallasmaa. “The Eyes of the Skin”]
“Sam Shaw –fotógrafo, productor de películas y animador de actores- tiene todavía recuerdos precisos de Marilyn Monroe que resultan vagos ante sus fotos precisas. Caminando por Manhattan, cerca del Parque Central, a comienzos del verano me dijo Sam señalando: “En uno de esos bancos le hice unas fotos a Marilyn. Era verano”.
[Guillermo Cabrera Infante. “Beldad y mentira de Marilyn Monroe”, de su libro “Cine o Sardina”]
“Comenzaba a amanecer cuando Gabriel Luna llegó ante la catedral. En las estrechas calles toledanas todavía era de noche. La azul claridad del alba, que apenas lograba deslizarse entre los aleros de los tejados, se esparcía con mayor libertad en la plazuela del Ayuntamiento (…) Gabriel contemplaba con cariño el templo silencioso y cerrado, donde vivían los suyos y había transcurrido lo mejor de su vida. ¡Cuántos años sin verlo! ¡Con qué ansiedad aguardaba a que abriesen las puertas…! Había llegado a Toledo la noche anterior en el tren de Madrid (…) No había podido dormir. Le quitaba el sueño verse en su tierra después de tantos años de aventuras y miserias".
[Vicente Blasco Ibáñez. “La catedral”]
“Por mucho que oficialmente “Of Time and the City” sea un encargo realizado para conmemorar la designación de Liverpool en 2008 como Capital Europea de la Cultura, no hay duda de que estamos ante el más insólito de los encargos. O ante el más atípico y personal de los filmes institucionales (que se suponen deben ser neutros, asépticos e imparciales), pues sí, efectivamente, Terence Davies nos habla de Liverpool. La película es un retrato de la ciudad, un recorrido histórico que arranca en 1945 y concluye a finales de los años sesenta, lo que podríamos llamar los “años Davies”: de ahí que la producción institucional acabe por devenir la más apasionante de las autobiografías filmadas. Tres décadas y media después de su partida, el cineasta vuelve a la moderna Liverpool. No queda nada de aquella “dirty old town”, pero sí mucho desarraigo, esa sensación de que todos los lazos con el pasado y con el lugar se han roto”.
[Jaime Pena. “Of Time and the City: Dirty Old Town”. Cahiers du Cinema España, nº 15]
Dos fragmentos de la película documental "Of Time and the City" (Terence Davies.2008)
En el año 1979 el común de los mortales vivía sin PC, internet, e-mail, Facebook, teléfono móvil, etc. En ese mismo año 1979 el filósofo italiano Riccardo Campa (en la foto) debió de tomar prestada la Máquina del Tiempo de H. G. Wells y venir a echarnos un vistazo:
“El progreso tecnológico y una especie de infantilismo tejen la trama del impulso y de la dimensión social del hombre moderno; éste es, a la vez, siempre más fuerte y más indefenso; y no puede recurrir a una espiral de remedios que lo encierran en un contexto de relaciones virtuales, desvanecidas, que no puede renegar. Se ve obligado a vivir una “existencia diferida”, cargada de signos y de perspectivas. Esto explica la poca capacidad de control del yo con relación a las innumerables posibilidades que logra representar, casi siempre ficticiamente y a posteriori: su negación, su conversión en lo opuesto y su proyección al exterior promueven actitudes antisociales y disolventes. La satisfacción parcial de sus propias tendencias universaliza al individuo, lo eleva a la categoría de mártir y adepto de una casta secreta e inmensa.”
[Riccardo Campa (1979) “Las nuevas herejías”, pp. 202-3]
Leo en el nº 47 de Cahiers du Cinema un artículo de Adrian Martin, Profesor del Departamento de Estudios de Cine y Televisión de Monash University en Melbourne y coeditor de la revista cinematográfica online ‘Rouge’. Sorprenden sobremanera a Martin las opiniones que sobre el concepto del “encuadre” en el cine realiza el director danés Lars Von Trier en una entrevista incluida como extra en el DVD de su película de 2006 “El jefe de todo esto” y que Martin glosa de esta manera: “El dogmático danés (…) dice que se ha ido dando cuenta con el tiempo, hasta convencerse del todo, de que el concepto de “encuadre” no tiene ninguna lógica, ningún sentido (…) Von Trier no solo estaba diciendo que encuadrar planos le aburre, que es algo anticuado, o que le roba demasiado tiempo. Más bien, deja claro que encuentra el propio concepto del encuadre en el cine no solo ilógico sino también opresivo: la última constricción contra la que hay que luchar”. En el mismo número de Cahiers podemos leer a Carlos F. Heredero, su director, escribir sobre “la vitalidad creativa que destila esa ‘pequeña gran pantalla’ en la que se ha convertido la cantera de la ficción televisiva norteamericana”. Precisamente, en estos días ando inmerso en el visionado de una de las series a las que se refiere Heredero con su comentario, ‘Mad Men’. Me pregunto lo que dirían los responsables de la misma si se les plantea la cuestión de que los planos milimétricamente encuadrados de “El apartamento” de Billy Wilder, encuadrador de encuadradores –las infinitas filas de mesas de oficina en gran angular, los pictóricos primeros planos del ascensor que maneja Shirley MacLaine, la poética penosa imagen de Jack Lemon soportando el frío invernal en la calle y mirando hacia la ventana encendida de su propio apartamento mientras otros lo disfrutan, etc- son anticuados, ilógicos, carecen de sentido, oprimen, constriñen. Las carcajadas deben de resonar todavía por Madison Avenue. Estimado Lars: encuadrar o no encuadrar; no es éste el principal problema que, en mi modesta opinión, debe de resolver el séptimo arte en estos momentos, más bien filmar o no contenidos de verdadera calidad artística y cinematográfica que, posteriormente y a gusto del director, puedan enmarcarse o presentarse en bruto.
Primer día de actividad tras las vacaciones estivales. Es un día extraño que contiene las dosis justas de extrañeza que la vuelta a la normalidad puede admitir, aunque quizá potenciadas por la contumaz presencia de una tormenta de verano que dibuja de postal de invierno la ciudad. El cerrado microcosmos del autobús parece haberse dividido en dos bandos irreconciliables: los que aún lucen moreno playero en vías de extinción y llevan manga corta y los que esconden su blancura urbanita tras las hojas de la prensa gratuita y han tirado precipitadamente de fondo de armario otoñal. Un día que prometía pocas emociones da de pronto un giro inesperado. Mientras hago las copias del examen que tengo que realizar, dirijo la mirada hacia el desvencijado mueble que alberga el bookcrossing, más utilitario que altruista, que se practica en mi departamento. Entre viejas y polvorientas revistas carentes de interés alguno encuentro un ejemplar en el original inglés de 'Cathedral', el famoso libro de historias cortas de Raymond Carver, una aguja encontrada en un pajar, sin duda. Terminado el examen, recorro las fantasmagóricas baldosas de un desolado pasillo. De pasada, puedo ver a dos personas con semblante de alumnos extranjeros despistados mirando hacia el interior de un aula. En rústico e improvisado cartel pegado en la puerta de la misma reza lo siguiente: “No poner los pies en el suelo”. El añejo piso de desvencijadas láminas de madera acaba de ser barnizado. Hasta ahora conocía el Aula de la Experiencia, concebida para hacer llegar los saberes universitarios a las personas mayores. Leído lo leído en el cartel en cuestión, parece que este año se inaugura el Aula de la Levitación; espero que haya suficientes levitadores dispuestos a matricularse que justifiquen la celebración de la misma. Ya en la calle, la lluvia de septiembre va trazando a golpe de líquidos círculos en el suelo la resbaladiza vereda que me lleva hasta la parada del autobús para volver a casa. A media parada le falta el techo, así que me resguardo en la otra mitad. Amenizo la espera del público vehículo viendo cómo los apresurados viajeros que llegan a la parada al cobijo de su paraguas suspiran aliviados y lo cierran, para de inmediato comprobar sorprendidos que siguen mojándose. Han elegido el lado equivocado del imperfecto elemento de mobiliario urbano. El centímetro cuadrado de suelo en el lado en que me encuentro empieza a pagarse bien caro. Ojeo la contraportada del libro de Carver y leo que en sus historias el autor estadounidense nos revela el mundo tal y como él lo ve. En el interior descubro en muchas páginas las anotaciones al margen del antiguo propietario. En varias se repite la palabra “epifanía”. Yo he escrito aquí de lo que he visto hoy: la epifanía de una ciudad que a regañadientes recupera su pulso normal.
Las bicicletas son para el verano. Extraigo esta máxima de entre los escasos principios de mi certidumbre estival (préstamo con variaciones de la entrega fílmica de 2002 del prolífico y centenario Manoel de Oliveira). Buenas pruebas de la validez de dicha máxima recalan hasta mí desde muy diversos puntos de partida. Me detengo brevemente en dos de ellas. La Cadena SER aprovecha la habitual suelta de cadenas que caracteriza la programación estival de las emisoras de radio y, con motivo de la efeméride del 75 aniversario del inicio de la Guerra Civil el pasado 18 de julio, lanza a las ondas una sugerente evocación a la par que convicente reivindicación del teatro radiofónico de épocas pasadas. Conocidas voces de actores y locutores de la propia cadena nos trasladan a los primeros días de la tragedia fratricida que marcó la vida de varias generaciones españolas de la mano de la obra de Fernando Fernán Gómez “Las bicicletas son para el verano”. Por otra parte, el día 17 de julio cerraba la edición del diario “El País” un inteligente, entrañable y profundamente plástico artículo/relato de Manuel Vicent titulado “Unos pantalones bombachos y una bicicleta”. En él el escritor valenciano nos brindaba un delicioso y emocionante paseo en imaginaria bicicleta por los parajes de su memoria estival. Fernán Gómez y Vicent, cada uno a su manera, acababan por delinear la poderosa imagen de la bicicleta como el más preciado tesoro de la ancha y recóndita isla veraniega de los niños españoles de los años 30 y 40. “En verano de 1947 se produjo en mi vida un gran suceso. Por primera vez fui al mar en mi bicicleta Orbea, cuando apenas alcanzaba los pedales”. Como se desprende de estas líneas de su artículo, el niño Manuel (Vicent) tuvo más fortuna que el Luisito de Fernán Gómez, quien vio cómo el estallido de la contienda civil hacía saltar en pedazos sus planes para que su padre Don Luis le regalase una bici ese verano, junto con los planes de futuro de su familia, de sus vecinos, de Madrid, su ciudad, y de España, su país. El empleo de la imagen literaria de la bicicleta como signo de un tiempo muy concreto de nuestra historia reciente no es fruto de la casualidad pues, incluso en la época que rememoran nuestros dos escritores, hacía ya mucho que el arte de la bicicleta había venido a sustituir a otro anterior; es esto lo que la revista “Scientific American” pronosticaba allá por 1869 al afirmar que, debido al advenimiento de la bicicleta, “el arte de caminar está obsoleto”.
Tomando ahora el sendero hacia lo personal, creo conveniente señalar aquí que, aunque no como agente pedaleador, pero sí como experimentador artístico, el ciclo de las dos ruedas reluce también con luz propia en mi verano. Cumplo los años el 16 de julio, al igual que el mítico ciclista Miguel Indurain. Desde los triunfantes días del navarro en el Tour de Francia, el hecho de que tan curiosa coincidencia tuviese lugar siempre en el fragor de la dura disputa por el maillot amarillo de la ronda francesa, hizo que el amor por el ciclismo, arte antes que deporte para mí, anidase fuertemente en mi educación sentimental. Desde entonces, cada nuevo verano reverdece en mí con savia nueva la pasión artística por la bicicleta. En la edición del Tour que acaba de finiquitar con la tradicional fiesta en la ciudad que era una fiesta, quizás liberado de la presión deportiva por una posible victoria de Contador que a cada pedalada hacia París se iba alejando más, he visto acrecentarse en mí sobremanera la sensación del goce puramente estético del ciclismo por el ciclismo, del arte mayor y menor de las dos ruedas. Si las etapas de la carrera ciclista francesa fuesen formas estróficas, parece lógico pensar que las finalizadas en las cumbres pirenaicas o alpinas se escribirían en verso de arte mayor, mientras que las relativamente llanas que se resuelven al sprint presentarían una composición en líneas de arte menor. Al expresarme en tales términos sólo tengo en mente la arquitectura formal de las etapas, pues si lo que realmente nos interesa es el contenido artístico de las mismas, en ambos casos habremos de dirigir nuestros pasos al territorio de la épica. De igual modo que el genero épico podía expresarse en poesía de alejandrinos o de octosílabos, las gestas ciclistas son susceptibles de llegar al espectador bien revestidas del halo de la grandeza, cuantitativa y cualitativa, de una interminable y sobrehumana ascención montañosa, bien envueltas en el pequeño formato de la celeridad endiablada de un relampagueante y arriesgado sprint. No se me ocurre mejor ejemplo de la incansable lucha del héroe épico contra un medio natural hostil que la espectacular imagen aérea de los ciclistas remontando a puro golpe de corazón la sobrenatural ruta que serpentea por la vertical pared del Galibier. Heroica fue sin duda también la cruel batalla entre el monarca Contador y el señor feudal Samuel Sánchez en la subida al mítico Alpe d’Huez: el súbdito obtenía el botín del Premio de la Montaña a costa de privar a su monarca de la codiciada victoria de etapa, que acabaría cayendo en manos del caballero francés Rolland (nombre mítico donde los haya). A su manera, las llamadas “etapas de transición” que alcanzan su postrer clímax en el fugaz arte menor del sprint tienen también un indudable encanto épico. Curiosa especie la del sprinter, en no pocas ocasiones malentendido e infravalorado en oposición al reverenciado escalador. Épica es sin duda su larga travesía por las mediterráneas aguas de una planicie de más de 200 kilómetros, sorteando a la velocidad del rayo los peligros provenientes de los sinuosos archipiélagos de rotondas y haciendo oídos sordos a los cantos de sirenas de los ciclistas que derrapan por la gloria publicitaria de unos segundos de primer plano televisivo; el Odiseo ciclista ha de tener la cabeza fría para no ahogarse en la orilla y llegar a los decisivos últimos metros todavía con fuerzas suficientes en sus piernas. En otros momentos, a quien veo es a un medieval caballero sprinter que viaja seguro, arropado por su fiel ejército de gregarios y lanzadores, en pos de defender su honor en el magno torneo. Pero en el momento de la verdad, en el pasillo flanqueado por las gradas pobladas por los nobles del reino, el caballero sprinter se queda solo y pagará con su vida el más mínimo error de cálculo, como en aquella ya lejana etapa en la que el normalmente intratable caballero anglosajón Cavendish lanzó a destiempo el ataque con sus piernas convertidas en lanzas y se vio superado sin remisión por su izquierda sobre la línea de meta por el caballero teutón Greipel. Escuchando atentamente la emisión radiofónica de la obra teatral de Fernán Gómez, leyendo con deleite el artículo de Vicent o viendo sin perder detalle el Tour, disfruto como un niño de los años cuarenta con bicicleta nueva del exquisito arte mayor y menor de las dos ruedas.